Aproximadamente a las cinco y media de la tarde iniciamos el paseo en la finca de Jesús Ayúcar y nos internamos en el bosque, camino del Puente sobre el río Ega, para después continuar por el sendero paralelo al río, llegar al Molino Nuevo, merendar cerca, encima del cauce de la fuentilla que ya no mana (por desgracia se ha secado o desviado) y al final, atravesar el Barranco de los Muertos. Desde ahí, caminamos de vuelta ligeros para la reunión con el resto de jóvenes en Acedo.

Los senderos están reducidos en algunos lugares porque la maleza se acumula. Asun comenta que cuando era pequeña iba y venía con sus padres al Molino Nuevo por el sendero paralelo al río y que el camino era más ancho porque lo hacían en carro transportando el grano de ida y la harina de vuelta.

Pablo explica que alguien le ha dicho que una planta que crece en la ruina del molino, es una especie de lúpulo con el que se puede hacer cerveza.

Hablamos de propiedades medicinales de algunas plantas, en particular del hipérico, que es antidepresivo y con el que Asun y Elvira (nuestra compañera en la asociación, que hoy no ha podido acompañarnos), están elaborando aceite (para quemaduras, dolores musculares, reuma etc).

Por supuesto, hablamos también de la encina carrasca que domina estos bosques, aunque en la zona hay también robles, tejos e incluso algún grupo de hayas (esto en “La Dormida”, zona alta a los pies del Ioar que linda con Zúñiga y Santa Cruz de Campezo). Pablo comenta que en el bosque se pueden encontrar tocones de las encinas madre que dan origen a este carrascal, aunque no vemos ninguno en este paseo. La tala se hizo en los años 1.950 para construir las escuelas nuevas de Acedo. Se observa una especie de plataforma en la que explica Pablo que había una carbonera anteriormente.

Se menciona la pesca del cangrejo, la existencia años atrás del cangrejo autóctono, incluyendo uno con caparazón rojo vivo (decían que eran los que estaban en las aguas más limpias). Asun aprovecha a contar otra anécdota sobre un día que ella y Elvira fueron a pescar cangrejos, que no pescaron, pero que recibieron algunos de unos pescadores y que después de aceptarlos estuvieron a punto de meterse en un lío con los guardas, porque al parecer, los otros se habían pasado del cupo.

En el Barranco de los Muertos nos sorprende que todas las ramas bajas y altas estén cubiertas de musgo y nos imaginamos el frescor y la humedad que se deben acumular en la zona en otros momentos del año (aunque hoy está seco, pues es un día de verano caluroso en el que nos acechan los mosquitos…).

Pablo y Asun van recordando también costumbres y nombres de personas que tienen relación y que dudan si continúan haciendo su labor: Esteban, de Viloria, que trabaja con elementos de la Antigüedad; Francisco Labeaga, que conoce muy bien el bosque; los artesanos del boj, de Santa Cruz de Campezo; el artesano de las escobas, de Asarta (escobas de biércol). Y se acuerdan también del señor de Asarta que llamaba con un cuerno o trompeta para recoger el ganado y llevarlo a la “Dula”, lo paseaba por el bosque y lo devolvía por la noche.

 


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